Pueblito Mío

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Aventuras

La caminata Lloa-Mindo fortalece la amistad

El recorrido entre las dos parroquias rurales ubicadas en la provincia de Pichincha, se puede hacer en un día; sin embargo, se recomienda hacerla con acampada incluida.

Cada nueva ruta, cada nuevo ascenso, cada nuevo contacto con la naturaleza nos deja aprendizajes que van más allá del esfuerzo físico y la contemplación de la belleza de los paisajes. Podemos ir muchas veces a una misma travesía, pero nunca será igual que las anteriores. 

La naturaleza es impredecible y en ella aprendemos que el éxito de cualquier travesía depende de la responsabilidad de nuestras actuaciones individuales frente a las necesidades del grupo, los desafíos que se nos van presentando en el camino. La solidaridad y el trabajo colectivo nos garantizan la seguridad de todos.

Esta vez hemos decidido emprender la caminata Lloa – Mindo, es la primera vez que lo hacemos, somos nueve integrantes del equipo, ninguno de nosotros conoce el recorrido, pero nos preocupamos de investigar para tener una idea de las condiciones del terreno. 

Contamos con el mapa de la ruta y nos aseguramos de llevar todos los implementos necesarios: ropa adecuada, comida y agua suficiente, carpas, bolsas de dormir, esteras, además de otros implementos que creemos necesarios.

DÍA UNO

Lloa-Mindo
Cruzando la tarabita sobre el río Cristal | Foto: A. C.

Son las tres de la tarde, la furgoneta contratada nos deja en el río Cinto. Cada uno se pone la mochila en la espalda. Cruzamos el río. El primer tramo es fácil, estamos descansados y todavía hay luz natural.

Luego de tres horas de caminata las mochilas empiezan a pesar, llegamos al río Cristal, esta vez tenemos que atravesarlo por tarabita. Nos organizamos, distribuimos el orden de pasada para garantizar la seguridad de todos. Descansamos un poco mientras la tarde va cayendo. 

Oscurece y recurrimos a las linternas, tenemos que caminar en fila y por lo tanto decidimos el orden en el que iremos.  A la cabeza y al final los más experimentados.

Otro río y el paso en tarabita. Las luces de las lámparas es lo único que vemos, pero sentimos el agua que corre y golpea en las piedras. Ya todos en la otra orilla decidimos avanzar un poco más, entre subidas, bajadas, llenos de lodo. Nos aseguramos de permanecer juntos y llegamos al lugar de acampada.  Hemos caminado más de seis horas. Estamos exhaustos.

Nos quitamos la ropa mojada y armamos el campamento, encendemos la fogata y hacemos mesa común, nos distribuimos la comida reservando una dotación suficiente para el siguiente tramo. Es la hora de la conversación, las risas, de contarnos lo que cada uno experimentamos y cómo nos sentimos durante la caminata. El cielo se despeja, la luna se hace visible y podemos ver las estrellas en todo su esplendor, lo tomamos como un regalo que complementa esta aventura.

Es medianoche y el cansancio nos vence. Decidimos ir a dormir.

DÍA DOS

Son las seis de la mañana, la luz se hace visible.  Mi hermano y yo, que compartimos la carpa, salimos, solo un amigo más se ha levantado, el resto duerme todavía. Sabemos que necesitaremos agua y bajamos al río para llenar unos recipientes para el efecto. 

Es una mañana soleada. Disfrutamos un momento del paisaje y regresamos al campamento.  Ya todos están de pie, cloramos el agua, desayunamos, levantamos el campamento, nos aseguramos de recoger todos los desechos y dejar limpio el lugar. Ahora lo más difícil, ponerse los zapatos mojados y cargar las mochilas.

Empezamos la caminata, a pesar del descanso las espaldas están resentidas por el peso de las mochilas. El camino está mojado. Atravesamos pantanos, caemos en ellos, nos levantamos y salimos con el apoyo de todos. El lodo nos llega hasta las rodillas y hay tramos que atravesamos con el agua hasta la cintura. No faltó la necesaria cuerda para una cruzar un abismo al borde del río.

Sentimos el cansancio, hacemos paradas cortas para comer algo. Las cascadas nos maravillan y cada río es una bendición, nos metemos en ellos, nos retiramos el lodo, descansamos un poco y seguimos. Son las cuatro de la tarde y atravesamos el puente que atraviesa el río que nos lleva a la carretera a Mindo y al lugar en donde nos espera la furgoneta. Cansados hacemos una parada en el pueblo para comer y reírnos entre recuerdos recientes de lo vivido.

Dos días intensos de naturaleza, emociones, esfuerzo físico, camaradería y solidaridad. Dos días que valen la pena.